<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>José Vaccaro Ruíz</title>
	<atom:link href="http://josevaccaro.conoceralautor.com/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com</link>
	<description>Blog personal del escritor José Vaccaro Ruíz</description>
	<lastBuildDate>Thu, 16 Feb 2012 16:38:20 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.1.2</generator>
		<item>
		<title>Cuento de &#8220;La nena&#8221;</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/cuento-de-la-nena/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/cuento-de-la-nena/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 16 Feb 2012 16:38:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1736</guid>
		<description><![CDATA[La nena
     El viejo tomó la servilleta y limpió los labios de ella, las gotas de la sopa dejaron de caer sobre el babero de rizo que, anudado con un lazo a la espalda, ocupaba la pechera de la anciana, sentada en un sillón recubierto de cojines. Los ojos apergaminados y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La nena</p>
<p>     El viejo tomó la servilleta y limpió los labios de ella, las gotas de la sopa dejaron de caer sobre el babero de rizo que, anudado con un lazo a la espalda, ocupaba la pechera de la anciana, sentada en un sillón recubierto de cojines. Los ojos apergaminados y miopes del hombre, cuya edad debía ir pareja con la de la mujer, estaban atentos al fruncimiento de sus labios al tragar. Pedro, así se llamaba quien ahora dejaba la servilleta de hilo sobre la mesa, a continuación volvió a soplar suavemente la cuchara de nuevo colmada de caldo, antes de hacer llegar la punta del metal a los labios de ella estimulándola para que abriera la boca e ingiriera el líquido.<br />
     Y de nuevo una gota residual brillando sobre los labios de María, la anciana, que él limpió con el mismo esmero.<br />
     -¿Te gusta?<br />
     Era una pregunta retórica que Pedro, junto a otras como ¿estás cómoda? o, ¿has dormido bien, cariño?, no se cansaba de repetir desde hacía tres años, el tiempo transcurrido, cuando la demencia senil se cebó en el cerebro de su amada. Primero fueron pequeños fallos de memoria, olvidos, que hacían sonreír a ambos: “Nos estamos volviendo viejos, ¿eh querida?”. Luego la enfermedad mostró su rostro más despiadado e inclemente, en absoluto jocoso, al no recordar su propio nombre, después vino la mudez, la desgana, la incontinencia, los pañales. Pero aun así, él rezaba cada noche para que se produjera un milagro, ¿se llamaba así, esperar un milagro, a que una mañana María se despertara siendo como antes era y él, al tiempo que le daba un beso y los buenos días, recibiera en respuesta a ese beso suyo otro igual de aéreo, destilando el mismo temblor del pajarillo que recoge sus alas al posarse en su nido? Era el ritual, la primera caricia, los buenos días con que empezaban cada jornada antes de que ella no fuera el vegetal en que el maldito virus la había convertido.<br />
     María tragó la sopa con la misma economía de movimientos de siempre, y permaneció quieta, con la pose ensimismada y distante acostumbrada. Sin pedir nada, sin rechazar nada, sin asentir ni disentir, un trozo de carne sin señales de vida. Los ojos de Pedro se posaron en la pechera plana de quien era su mujer. Y su memoria regresó a un pasado remoto, cuando dos bultos destacaban donde ahora solo había la caída vertical de las costillas. ¿Qué tiempo hacía de eso?, ¿cincuenta, sesenta años? ¿Cómo olvidar la mirada recatada y orgullosa de ella, adolescente, una mezcla de altivez y de castidad?, ¿cómo no recordar la blancura lechosa de aquellas pantorrillas y tobillos torneados apenas entrevistos bajo la falda, hoy convertidos en dos cilindros varicosos ceñidos por la correa del zapato?, ¿aquellas mejillas sonrosadas y tersas limpias de manchas?, ¿cómo no añorar su mirada hoy muerta, antaño iluminada y viva como un relámpago en medio de la noche de sus pestañas? ¿Es que alguien cree de verdad que los viejos siempre han sido viejos, que no ha habido primavera en sus vidas?<br />
     Un puro robot carente de alma, así veían los demás a María, el médico del Ambulatorio, Ernestina, la mujer de hacer faenas que una vez por semana baldeaba la casa completando y llegando a los trabajos de limpieza que él ya no podía realizar: fregar, airear los colchones y a veces desenfundarlos si los escapes de ella habían rebasado el hule, volviendo transparentes los cristales de las ventanas. Sin embargo, para Pedro era algo muy distinto. Para él María era la misma muchacha quinceañera que él cortejaba en la Fiesta Mayor de Gracia. El ball de rams [el baile de ramos], el del fanalet [el del farolito] bajo la mirada atenta de doña Asunción, su madre, sentada en el palco del entoldat [carpa] vigilando a la pubilla [la heredera] para que ningún moscón que a sus ojos fuera indigno de la joya de la corona se le acercara. Al igual que los paseos clandestinos a espaldas de su padre por el Barrio Gótico, buscando los rincones solitarios que aquellas piedras centenarias les ofrecían para simplemente hablarse.<br />
     La nena era el seguro de vida con que contaba don Francesc, el padre de María, para alcanzar una vejez ya próxima sin estrecheces y sin tener que trabajar. El hombre tuvo una casa de préstamos en la Travesera de Gracia y lo perdió todo por causa de la guerra civil: los rojos comunistas, como él los llamaba, publicaron un bando y todo aquel que había hipotecado algo, desde un abrigo hasta un anillo de compromiso, pudo recuperarlo sin pagar nada. La cola que se formó, la papeleta de empeño en la mano de cada uno, daba la vuelta a la manzana y significó su hundimiento económico. Colocado entre dos guardias de asalto durante los tres días que dejaron las estanterías y sus bolsillos vacíos, fue su obligado testigo, sin más consuelo que la hiel que destilaban sus ojos hacia sus hasta entonces mendicantes clientes. El resto de la historia, si uno piensa que el único activo negociable que le quedó a don Francesc era su hija, es imaginable. De nada sirvieron los lloros, las ojeras de María y las noches y noches pasadas por Pedro bajo su balcón atento a ver como se encendía o se apagaba la luz, los encuentros a escondidas o la petición de que interviniera don Damián, el trinitario consejero espiritual de la familia, para evitar una boda que no respondía al amor sino al interés. Su padre la casó con el Pepitu, un drapaire [trapero] del barrio que gozaba del beneplácito de los vencedores franquistas y mercadeaba con artículos de estraperlo.<br />
     -Con él serás una señora –sentenció su madre-, justo lo que no serás si te casas con ese pelagatos. –Refiriéndose a Pedro. Y María pasó a llamarse doña María.<br />
     Otra cucharada de sopa.<br />
     Tuvieron que pasar cincuenta y tres años desde la boda para que la nena sobreviviera al Pepitu, lo enterrara, asistiera a su funeral, cumpliera un año de luto riguroso y a finales de los ochenta, pudiera por fin casarse con Pedro, que había enviudado seis años antes de Teresa, la mujer con quien contrajo matrimonio un año después de que lo hiciera María, y que le había dado tres hijos.<br />
     Ni uno ni otro hablaron jamás de lo cruel que puede llegar a ser esperar la muerte de los demás para alcanzar la felicidad. De los decenios y decenios, día tras día, hora tras hora, de convivencia con alguien que no amas, a escasos metros de aquella otra persona por la que bebes los vientos, que sigues con la mirada, cuya presencia, carente de cualquier contacto, te abrasa por dentro y por fuera. Ese dolor, esa pena, la llevaron en silencio sin dar síntomas de padecerla, y mucho menos manifestarla a quienes ambos estaban ligados, condenados a seguir a su lado hasta que la muerte los separara. Si alguien sospechaba en el barrio esa querencia oculta por los ojeos que, muy a hurtadillas, uno y otra se cruzaban, ellos no dieron nunca pie a murmuración alguna. Si se cruzaban en la calle, él bajaba de la acera para cederle el paso como manda la buena educación, y ella apenas parpadeaba en señal de agradecimiento. Ni que a finales de los setenta el divorcio fuera legal les hizo dar un paso para separarse de sus parejas, el cura al bendecir su unión los había sentenciado a permanecer juntos, y ese mandato que venía de Dios Todopoderoso lo cumplirían fielmente.<br />
           Solamente una vez en todos aquellos años, luego de contraer María matrimonio, una única vez, tuvo lugar un mínimo contacto carnal entre ellos. Ocurrió con motivo del bautizo del hijo de un conocido de ambos, antiguo vecino de palco de la carpa de la Plaça del Diamant. Y ocurrió cuando, concluida la ceremonia religiosa todos abandonaban de la iglesia. Sus dos manos coincidieron en la pila del agua bendita, en la salida del templo. Los dedos húmedos de él y de ella, al sacarlos de la tina de mármol con un angelote en el frontal, se rozaron un instante. Fue una caricia dulce, rápida y breve que solamente tuvo la continuación muchos años después, cuando con más de setenta cada uno a cuestas, tuvieron su noche de bodas, el cuerpo torpe y lleno de arrugas y flacidez, pero las manos vivas y ávidas por recorrer y palpar todos los rincones de su piel, como si se hubieran transmutado en Venus y Apolo y aquel estrecho dormitorio de la calle Puigmartí fuera el Parnaso.<br />
     Lo que sus vecinos y familiares no habían murmurado durante el medio siglo anterior lo hicieron cuando se casaron, liberados gracias a la Parca de su anterior pareja. Unos decían que si habían sido amantes, colgándoles el sambenito de adúlteros, otros que los dos hijos de ella no eran del Pepitu, que si se los había visto juntos y abrazados por la Barceloneta, por Pedralbes, sentados en la terraza de un bar, todo falso. Pero a ellos no les preocupó. María fue la que dio por zanjado el asunto la noche en que él le hizo saber aquellas habladurías que corrían por el Mercat de la Llibertat:<br />
     -Amor meu, la gent és dolenta. Deixals estar. Nosaltres som feliços, veritat? [Amor mío, la gente es mala. Déjalos estar. Nosotros somos felices, ¿verdad?<br />
     Él asintió y se sintió mezquino ante aquellas palabras de María, por no haber sabido hacer oídos sordos a lo que no era otra cosa que envidia y maledicencia. Nadie es capaz de hacerte daño si tú no quieres. Ya nunca el que dirán fue motivo de conversación, vivieron la vida en esos cuatro años en los que ella estuvo con la cabeza clara, previamente a enfermar, como si fueran los únicos habitantes de la Tierra, Adán y Eva antes de ser expulsados del paraíso.<br />
     María se acabó la sopa. Hasta media tarde, cuando le diera de merendar, no ingeriría otra cosa que agua. Tenía la presión elevada y un nivel igualmente alto de azúcar y colesterol, y el médico del ambulatorio, un xicot molt eixerit [muchachote muy puesto] le dijo que era mejor que las comidas no fueran copiosas ni espaciadas, mejor cuatro o cinco al día. Pedro, tras quitarle el babero, recogió la bandeja y con paso lento lo llevó todo a la cocina, abrió el grifo y lavó el planto y la cuchara, colgando el babero tras de la puerta. Seguidamente fue hasta el aseo, y del armario sacó un pañal de adulto y una toalla, de la pileta del baño cogió la esponja y la palangana, que llenó de agua tibia. Con todo ello volvió a la habitación.<br />
     La televisión estaba en marcha, era la hora del telediario. María tenía los ojos fijos en la pantalla con la misma atención vacía que una lechuza mira al cielo las noches despejadas. Pedro se había dado cuenta de que los colores y los monólogos que a aquella hora, después de comer, salían del rectángulo colocado encima de la cómoda la inducían el sueño, y eso era bueno; se lo decía la relajación de su cara, incluso a veces con una media sonrisa. En esos momentos de siesta la respiración de María era acompasada como el péndulo de un reloj que oscilara de un lado a otro, y él podía hacerse la ilusión de que, dormida, tenía la misma viveza e inteligencia de siempre, que en su cerebro de gruyere –eso le dijo el médico en una ocasión para describir su estado y que él entendiera de qué le hablaba- se asía, sin querer perderlas, a las neuronas que almacenaban la presencia de los dos cuando tenían quince años, de luego cuando se casaron, y aquella vez que sus dedos, goteando el agua bendita, se rozaron en una iglesia. Por muchos diagnósticos y maldiciones científicas, Pedro estaba seguro de que en lo más profundo de aquella cabeza cuya rala melena él peinaba cada mañana, permanecían vivencias de los dos que ni la muerte misma podía borrar.<br />
     Debía completar sus obligaciones de cada mediodía para con ella. Dejó todo lo que había traído en el suelo, la alzó pasando sus manos por sus sobacos y en un giro de ciento ochenta grados la sentó en la cama. Una vez allí la acostó, como siempre haciéndola rodar hasta colocar su espalda sobre un cojín. Cada vez le costaba más trabajo trajinar aquel cuerpo que simplemente se dejaba hacer, incapaz de responder a una orden o un ruego para que se moviera en un sentido o en otro. Cada vez más inerte, más insensible, más muerto.<br />
     Cuando la tuvo en la posición adecuada le abrió la bata, bajó su falda y le alzó el jersey, quedando al descubierto la ingle con un pañal de adulto encajado en la entrepierna. Pedro, aunque no era necesario hacerlo para saber en qué estado se encontraba, lo palpó. Estaba mojado. Deshizo el cierre de velcro y se lo sacó, quedando el pubis al descubierto. Cogió la esponja y con esmero la pasó suavemente por aquella piel arrugada, una, dos, diez veces, la enjuagó y la secó, hasta que hubo eliminado todo resto de orina. Del pañal dejado en el suelo salía un fuerte olor a urea.<br />
     Acto seguido, como siempre hacía, acercó sus labios, tan arrugados como el vientre y los muslos que ella mostraba indiferente y al aire acostada sobre el lecho, y depositó un beso sobre el pubis de la mujer que seguía estirada boca arriba con los ojos mirando al techo. La caricia, apenas un roce, no fue contestada con ningún acuse de recibo por parte de aquel cuerpo.<br />
     Cumplido el ritual Pedro encajó un nuevo pañal, teniendo especial cuidado de no crear ningún pliegue o arruga al hacerlo. Luego tomó dos cojines, los acomodó en la cabecera de la cama y la incorporó para que sus ojos estuvieran en el ángulo de visión de la televisión.<br />
     -Vinga, nena meva, ara dorm una miqueta, si et plan. [Vamos, niña mía, ahora duerme un poco por, favor].<br />
     Dos minutos más tarde, cuando los párpados de ella respondieron al estímulo de lo que le llegaba desde la pantalla –unos torsos parloteantes hablando de revoluciones, corrupción y guerras-, los cerró, Pedro recogió la palangana y el pañal y abandonó la habitación. Tirado el dodot al cubo de residuos ecológicos –no entendía él qué de ecología podía haber en los orines, pero le habían dicho que debía hacerlo así y él lo cumplía- y aclarado el barreño, regresó a la habitación. Se sentó al lado de María, ya dormida, y le tomó la mano entre las suyas. El telediario ya había llegado el espacio del tiempo, tal vez lo único interesante de toda la hora que había durado.<br />
     -Ha dicho que mañana hará sol –se dirigió hacia el rostro inexpresivo que tenía a su lado-. Te sacaré un momento a la terraza, nena.<br />
     En realidad el hombre del tiempo vaticinó que bajaría la temperatura y llovería, pero Pedro no quería preocuparla.               </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/cuento-de-la-nena/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>2586</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El tiro de gracia</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/el-tiro-de-gracia/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/el-tiro-de-gracia/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 29 Dec 2011 16:23:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1731</guid>
		<description><![CDATA[El tiro de gracia
     El sargento Martínez asomó su cabeza por la puerta del bar de oficiales, en aquel momento no demasiado concurrido, buscó con la mirada, y cuando vio apoyado en la barra a su superior carraspeó para llamar su atención, conseguido su objetivo y sin cruzar el umbral, taconeó [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El tiro de gracia</p>
<p>     El sargento Martínez asomó su cabeza por la puerta del bar de oficiales, en aquel momento no demasiado concurrido, buscó con la mirada, y cuando vio apoyado en la barra a su superior carraspeó para llamar su atención, conseguido su objetivo y sin cruzar el umbral, taconeó al tiempo que soltaba un escueto:<br />
     -Mi alférez, ya están formados en el patio.<br />
     Miguel Fernández asintió, acabó de beberse el resto del chato de vino tinto, se ciñó los correajes y el cinturón del que colgaban la cartuchera y la pistola Astra, y se dispuso a cumplir con la misión que en días alternos tenía asignada. El turuta que hacía de camarero, tras colocar el pequeño vaso de cristal en la fregadera y limpiar la barra, observó su espalda mientras alcanzaba la salida, aliviado de que desapareciera de su vista. Todos iban con un cuidado exquisito en su trato con el alférez, podría decirse que con miedo. Incluso los capitanes o comandantes del regimiento que tenía a su cargo el penal de San Cristóbal medían sus palabras estando él presente, siempre solo y distante. Tan ausente de cualquier partida de julepe o siete y medio que se organizara en la sala de banderas como de la casa de putas que en la carretera de Pamplona atendía a destajo las necesidades logísticas de la comarca.<br />
     El estallido de la guerra civil del 36, la Cruzada, como fue bautizada, le pilló, partida la Piel de Toro en las dos españas machadianas –aunque contrariamente a lo previsto por el poeta, ambas te helaban el corazón-, del lado de los republicanos, de los rojos, en pleno barrio de Gracia de Barcelona, donde vivía. De allí huyó el veintidós de julio, horas antes de que, advertido que su nombre constaba en el listado incautado en la Jefatura Local de la Falange, fueran a apresarlo. A pie llegó a Francia por Le Perthus, recorrió todo el sur del país, y entró por Navarra para incorporarse a las fuerzas rebeldes. Su padre, que había formado parte de la candidatura de la CEDA en las pasadas elecciones municipales, no tuvo la misma suerte, quizá creyó que respetarían su edad o podría comprar su libertad, pero no fue así. Tras conducirlo a la cheka de la calle Zaragoza, en el que fuera convento de las religiosas Sanjuanistas, allí estuvo una semana, para luego, tras un remedo de consejo de guerra, darle el paseo hasta el Campo de la Bota y fusilarlo. Antes confiscaron su vivienda en el Paseo de Gracia, que fue ocupada por un gerifalte de la CNT y, previamente a balacearlo, lo despojaron de cuanto llevaba encima, incluida la alianza de matrimonio, la cadena de oro y el reloj de bolsillo Catalina y los zapatos de charol.<br />
     Los sediciosos –los facciosos se les llamaba también por parte republicana-, necesitaban gente dispuesta como Miguel Fernández que manifestara su odio hacia el otro bando sin embozo alguno, así que en el primer banderín de enganche franquista al que se presentó admitieron de inmediato su solicitud de incorporarse a filas. Por su condición de universitario le hicieron entrega sin más de la estrella de alférez provisional, destinándolo a la Plana Mayor del regimiento que tenía a su cuidado los 1.500 penados del Fuerte de San Cristóbal.<br />
     En un primer momento protestó por aquel destino. Lo que ansiaba era un lugar en el frente del Ebro, allí donde se pegaban los tiros y se peleaba cuerpo a cuerpo, lo opuesto a hacer de carcelero, como interpretó seria su trabajo en el penal. Pero el coronel que le impuso la estrella de alférez, arrastrando una voz de cazalla, le dijo que no se preocupara:<br />
     -Caballero, no padezca por eso, ya le buscarán en la cárcel algo adecuado a sus deseos.<br />
     Y así fue, el destino que ahora se disponía a cumplir satisfacía con creces su vocación de azote de infieles.<br />
     Cuando salió al patio desde la penumbra de la cantina, el sol le dio de frente, deslumbrándolo por un instante. Se caló el ros en la cabeza y con su mano a modo de visera dirigió un ojeo a la docena de prisioneros que hoy no verían aquel sol naciente esconderse en el horizonte. No lo verían porque estarían muertos. A él, junto al pelotón de diez hombre mandado por el sargento Martínez, les correspondía la misión y el deber de hacerlo realidad. Ese era el cometido que le auguró el Usía al enviarlo al antiguo Fortín de Alfonso XII, en el monte Ezcaba, y del que sus mandos, por la diligencia con que lo cumplía, no tenían queja.<br />
     La arribada de prisioneros era constante, causando un hacinamiento en los calabozos que se debía resolver mediante el expeditivo sistema de enviar unos cuantos al paredón, regulando así el flujo de entradas y salidas. La parte dispositiva de su sentencia, recaída en juicios sumadísimos cuyo guión estaba escrito desde el principio, consistía para la mayoría –por no decir para todos los que llegaban al penal- en varias penas de muerte sobre sus cabezas. Curioso lo de ser uno acreedor de cinco o seis penas capitales, como si los jueces creyeran en la metempsicosis y proveyeran ir aplicando cada una de ellas en las sucesivas reencarnaciones del condenado. La ejecución de la sentencia dependía de la voluntad del comandante del penal, y otrosí de los menguados suministros de que disponía para sostener la dieta de supervivencia de aquella población de rojos puestos bajo su custodia.  No existía, pues, impedimento jurídico alguno para aplicarles matarile a discreción, aunque con todo, era selectivo en su aplicación. Visto el encarnizamiento con que se libraba la contienda debía ser, más que por misericordia, por el deseo de ahorrar munición lo que inducía ese selectivo y medido diezmo de los cautivos, considerando que gastar pólvora en llevar al otro mundo aquellos cuerpos esqueléticos, llenos de sarna y cargados de harapos no merecía la pena. De ahí el goteo en los fusilamientos.<br />
     Los diez hombres que componían ese día el pelotón de ejecución, con el fusil pegado a su costado, estaban formados en posición de firmes detrás de los reos, estos unidos entre sí con una deshilachada soga anudada al cuello a modo de grillete. En la expresión de sus caras se reflejaba todo tipo de sentimientos, desde el alivio porque su padecer tocaba a su fin, hasta la desesperación en los más jóvenes, conscientes de que el futuro les sería negado.<br />
     -¡A sus órdenes mi alférez!<br />
     El violento gesto del sargento, llevándose la mano a la frente mientras le daba novedades fue contestado por Fernández con la misma energía. Disfrutaba con aquellas manifestaciones de disciplina, necesarias para crear unos reflejos condicionados que hicieran, llegado el caso, llevar a cumplir el mandato de matar o morir sin duda ni vacilación alguna.<br />
     La instrucción de la tropa, cargada de órdenes ejecutivas al grito de “¡Ar!”, era la forma de obtener una respuesta inmediata e irreflexiva para ponerse firmes, girar a la izquierda o a la derecha, o bien colocar en posición el mauser al escuchar: “sobre el hombro ¡armas!”. Gestos rígidos, desalmados y automáticos de ensayo para la muerte. Al gritar tales órdenes, Fernández hacía gala de la fe del converso. Los oficiales profesionales no podían dejar de mirarle con un cierto deje de suficiencia cuando advertían en él aquel fervor cuartelero, que provocaba en los integrantes de la sección que mandaba unos gestos parejos con los de los robots al darles cuerda.<br />
     El Blitz alemán que debía llevarles al lugar de la ejecución, situado a dos kilómetros de allí, aguardaba con la tapa posterior abatida. Fernández tronó:<br />
     -¡Sargento, que rompan filas y carguen a los condenados en el camión!<br />
     Si las palabras siempre manifiestan, por activa o pasiva, acción u omisión de aquello que pensamos, el cargar aquellos cuerpos famélicos indicaba la consideración que tenían para el alférez, un puro amasijo de carne carente de humanidad destinada al matadero.<br />
     Completada la tarea y colocados los doce reos en la trasera del transporte, sentados directamente sobre el suelo metálico y frío de la caja, con el pelotón de soldados a los dos lados en los bancos laterales, el mauser en prevengan, Fernández subió a la cabina y ordenó al chofer que partiera.<br />
     Mientras la tronada suspensión hacía traquetear y dar tumbos al camión por el estrecho camino de tierra sembrado de baches, cuya anchura apenas alcanzaba a no dejar fuera las ruedas, el alférez, la mirada al frente pasando por encima del polvo y los mosquitos incrustados en el frontal de la cabina, sacó el Astra de su cartuchera y comprobó que el peine del cargador estaba a tope de munición, ocho cartuchos de nueve milímetros. Luego, con un chasquido volvió a meterlo en la culata y retornó la pistola a su acomodo en la cartuchera. Se palpó el bolsillo de la guerrera para comprobar el bulto de la caja de veinte balas, no creía que fuera a necesitarlas todas, pero no estaba de más aquel sobrante de munición.<br />
     Como jefe del pelotón de fusilamiento, le correspondía completar las ejecuciones dando el tiro de gracia en la sien o la nuca a los malheridos. Era consciente de que los soldados del pelotón, con mayor frecuencia de la que sería deseable, en el momento del disparo desviaban la mira de su fusil para evitar que el plomo que salía de la bocacha de su mauser consecuencia de haber apretado el gatillo, acertara en los cuerpos de los reos, o bien en lugar de apuntar a la cabeza o al pecho lo hacían a las piernas, buscando herir y no matar. Por eso siempre era necesario que él, tras comprobar que todavía había un átomo de vida en aquellos cuerpos, los rematara. La inspección estaba obligado hacerla a conciencia porque más de uno, en ocasiones sin que ninguna de las balas le hubiera rozado siquiera, simulaba estar muerto para poder escapar en un descuido, antes de ser enterrado en la fosa común ya abierta a escasos metros. Fernández se acercaba a ellos uno por uno, alzaba sus cabezas y, para verificar que realmente habían expirado, si tenía alguna duda –cosa muy frecuente- les hundía los dedos en los ojos hasta arrancárselos, un test que nadie era capaz de resistir salvo que realmente estuviera cadáver. Esta acción hizo que fuera conocido en el regimiento por el macabro apodo de el Óptico, algo que él sabía y lo enorgullecía. Luego de averiguar con su acción aquellos de los reos que se resistían en abandonar este mundo –los aullidos y quejidos se lo indicaban sin ningún género de duda-, les aplicaba el tiro de gracia.<br />
     Comprobar, cuando se acercaba al paredón, la supervivencia de los condenados tras la balacera del fusilamiento a cargo del escuadrón de ejecución que mandaba, era algo que le sacaba de quicio. ¡Joder!, ¿no les bastaba a los miembros de dicho pelotón, para tranquilizar su conciencia a la hora de apuntar y disparar, saber que uno de los diez fusiles estaba cargado con munición de fogueo?, ¿no era suficiente creer que era su arma la que no había vomitado la muerte, sino tan solo unas esquirlas de madera inofensivas?, ¿que él no fue el matarife, sino sus nueve compañeros? ¡Qué más querían! A Fernández esa medida de las balas de fogueo le parecía contraria al espíritu militar, un soldado debe cumplir con su deber y hacerlo con todas sus consecuencias. Cualquier paliativo, subterfugio o excusa era impropio y contrario a lo que desde tiempos inmemoriales un guerrero ha de persiguir: acabar con el enemigo por todos los medios a su alcance, cuanto antes y -aunque no lo decía-, también con el mayor dolor. Y la docena de hijos de puta, alguno lloriqueando ya, que transportaba hacia el matadero, eran el enemigo.<br />
     Pero al final eso no tenía mayor importancia porque el Óptico, él, estaba allí para poner remedio a una mal entendida piedad o miedo. Si a uno o a todos los miembros de su pelotón les faltaban los cojones y la hombría para poner en el punto de mira del fusil la cabeza de aquellos cabrones, él lo remediaba sin vacilar.<br />
     El regimiento disponía, para cuidar la salud espiritual, romana, católica y apostólica de sus soldados, de dos capellanes castrenses. Se trataba de curas trinitarios que cada domingo celebraban una misa de campaña, confesaban y comulgaban a la tropa, aparte de, si llegaba el caso, exhortarla en la víspera de entrar en combate. Sus bendiciones y arengas pedían a Dios que las balas de los enemigos de la Iglesia los respetaran, tanto como que las suyas encontraran carne hereje donde cebarse, prometiéndoles la gloria eterna de hacerlo así; una gloria que en el fondo no difería demasiado del paraíso con mil huríes por barba que Mahoma prometía a quienes murieran en la guerra santa contra el infiel. El sermón del par de mosenes iba acompañado, por parte del servicio de intendencia militar, de la entrega de una petaca de coñac para cada infante en la víspera de la batalla. El reparto de un cuarto de litro de alcohol era la señal inequívoca, los veteranos lo sabían muy bien, de la inmediatez de la batalla; como las nubes negras presagian tormenta.<br />
     El Óptico, educado por los hermanos de La Salle, era un asiduo a la eucaristía y a la cháchara evangélica con los dos trinitarios, huidos como él de la España republicana y ungidos con las tres estrellas de seis puntas de capellán castrense. Y algo de mala conciencia debía tener el alférez Fernández por su actividad de sacaojos y de tiro de gracia porque, al regreso de los fusilamientos, buscaba a uno de los curas, a don Damián, para que lo confesara y lo absolviera de sus pecados. De esta forma quedaba limpio para presentarse ante San Pedro y entrar en el Reino de los Cielos si el Supremo Hacedor lo llamaba. Y eso haría de regreso, una vez acabada su misión de esa mañana, ponerse genuflexo y soltarle a su mentor espiritual:<br />
     -Han sido tres (o cuatro o cinco), los que he tenido que rematar, padre.<br />
     -Has cumplido con tu deber, hijo mío. Has sido el brazo ejecutor de la voluntad  de Dios y de la justicia de los hombres. El Todopoderoso lo sabe, te comprende y te perdona.<br />
     Acto seguido el mosén se echaba levemente hacia atrás y hacía la señal de la cruz al tiempo que salmodiada:<br />
     -Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Fillii et Spiritus Santi. Amén.<br />
     Luego le daba a besar la estola, le conminaba a hacer aquello que lavaría su alma:<br />
     -Rezarás dos padrenuestros y dos avemarías.<br />
     Hoy, de vuelta al penal, ese ritual de contrición se repetiría.<br />
     Llegaron al lugar de la ejecución, y con la misma disciplina y protocolo de siempre, el sargento Martínez pidió su autorización para descargar a los reos y colocarlos frente al muro de tapial que presentaba múltiples señales de anteriores fusilamientos. Fernández lo autorizó y así se hizo.<br />
      Ahora sí que en los doce pares de ojos no había más que desesperación y pánico, miradas alrededor buscando un milagro, que la tierra o el cielo se abriera y los protegiera, un rayo que viniera y fulminara a los que portaban aquellos uniformes caqui que tironeando de la soga los colocaban en línea. Pero nada de eso ocurría. Lo único fue una súplica que partió de tres gargantas pidiendo clemencia, contestada y acallada por la voz autoritaria de un hombre de sesenta años, el que presentaba peor aspecto de entre los prisioneros:<br />
     -¡Silencio! ¡Demostrad a estos hijos de su madre que sabéis morir como hombres!<br />
     A causa de esa admonición y porque se dieron cuenta de la inutilidad de las súplicas, todos enmudecieron. Fernández dirigió una mirada de odio al anciano, alguien que debía tener la misma o parecida edad de su padre. “¡Cabronazo- pensó-, prepárate porque el Óptico va a dedicarte sus mejores atenciones! Mi escupitajo sobre tu rostro será lo último que veas antes de que te ciegue y te suelte el tiro de gracia”. Y deseó que las balas de los mauser lo respetaran para ser él quien acabara con su vida. Sus pensamiento fueron interrumpidos por el vozarrón del sargento:<br />
     -¡A sus órdenes, mi alférez, el pelotón está preparado!<br />
     Fernández lanzó una última mirada a los desechos humanos que tenía delante. Le gustaba alargar ese postrer momento de vida de los reos, con frecuencia sus esfínteres se aflojaban consecuencia del miedo, olían, además de a roña y sudor, a mierda y a orines cuando se acercaba para certificar su muerte. Por eso prolongó varios minutos la orden que debía dar. Y justo cuando advirtió un inicio de esperanza en sus miradas, consecuencia de la dilación, creyendo que tenían una posibilidad de sobrevivir, de que todo era una cruel burla del destino sin mayores consecuencias, una pesadilla de la que despertarían, fue entonces cuando gritó:<br />
     -¡Pelotón, apunten!<br />
     Los diez soldados dieron un paso adelante para afirmar la posición y se echaron el fusil al hombro, su mejilla pegada al pavonado del cerrojo de acero y el dedo sobre el gatillo. Alzó su mano derecha, en ella empuñaba el Astra, y la bajó al tiempo que gritaba:<br />
      -¡Fuego!<br />
      Una descarga cerrada atronó el aire y diez bolas incandescentes salieron de los cañones en dirección a los reos. Cuatro cayeron y el resto siguió en pie.<br />
     -¡Cargen!<br />
     El aire se llenó del ruido metálico del cerrojo de los mauser y de una vaina de cobre saltando al aire de cada uno de los fusiles, mientras la segunda de las balas se encajaba en la recámara. Y nuevo espacio de tiempo antes de la orden. La visión que ofrecían los condenados, uno muerto y otros moribundos o sin haber sido alcanzados, era patética. La soga que unía sus cuellos, en el caso de los caídos tiraba de los todavía vivos obligándoles a arrodillarse, sus ojos hipnotizados en la negrura del ánima de los fusiles. La sangre empezaba a regar la tierra.<br />
     -¡Apunten!<br />
     Tenían la orden expresa de apuntar a los que siguieran en pie. Fernández se colocó ligeramente adelantado del frente del pelotón para verificar que así lo hacían. Su mirada amenazante hizo que alguno de los cañones modificara su posición encarándose hacia la carne todavía virgen.<br />
     -¡Fuego!<br />
     Esta vez solamente uno de los doce permaneció a salvo del plomo. Y a repetir la operación tres veces más, hasta vaciar las cinco balas del peine, un espeso olor a pólvora era perceptible en el ambiente.<br />
     El papel de los diez soldados había concluido, ahora le tocaba el turno al Óptico. Se encaró hacia el pelotón, cuyos componentes adoptaban las más diversas posturas, aliviados por haber concluido el fusilamiento, y les espetó:<br />
     -¡Firmes!<br />
     Al momento cumplieron la orden, la mirada dirigida hacia delante, a los cuerpos desmadejados. Fernández quería que fueran testigos de aquello que iba a hacer, y la mejor forma era obligarles a mantener su mirada al frente. Colocó su mano izquierda sobre el Astra y con un ruido seco la montó, moviendo el mecanismo que introducía la primera de las balas en la recámara. Se acercó al primero de los cuerpos. Giró su cabeza y comprobó que la bala había entrado por la mejilla, el cráneo abierto como una granada, el tipo no precisaba sus servicios de oculista, y pasó al siguiente.<br />
     Al final fueron cuatro las ocasiones en que tuvo que meter sus dedos y dejar vacías las cuencas de los ojos, y otros tantos tiros de gracia entre los estertores que esa acción suya causó.<br />
     Se había dejado al tipo que instó a los demás reos a morir con dignidad para el final. Se acercó, se acuclilló y observó su rostro, advirtiendo que todavía respiraba, se sonrió, era lo que había deseado. Unos ojos lo taladraban con la expresión del más puro odio. Fernández, manteniendo el Astra en su mano derecha, con los dedos índice y medio de su mano izquierda hizo un amago de acariciar aquellos ojos. Mientras lo hacía, un hilillo de líquido mezcla de baba y sangre brotó de los labios del viejo, en lugar de las palabras que debían pugnar por salir de su boca en forma de maldición. Fernández golpeó su frente con el cañón de su arma.<br />
     -¿Qué, has muerto con dignidad, comunista de mierda?, ¿estás preparado para encontrarte con Lenin en los infiernos?<br />
     Solamente un parpadeo fue la respuesta que obtuvo, aparte de un nuevo efluvio de sangre. El alférez se dio cuenta que disponía de poco tiempo para culminar su acción. Si la dilataba, el tipo ya estaría muerto, y él no quería eso, deseaba que fuera consciente de aquello que le iba a hacer.<br />
     Hizo una última caricia en los párpados y por fin hundió con fuerza sus dos dedos provocando que saltaran despedidos los dos glóbulos oculares como si fueran el corcho de una botella de champán. Sabía perfectamente como hacerlo por la cantidad de veces que lo había practicado. Las dos esferas sanguinolentas, bamboleantes y golpeando la barbilla, quedaron colgando sin otro soporte que un delgado hilo de materia orgánica que podía ser una vena o el nervio óptico. El lugar que ocupaban un segundo antes aquellas bolas compactas eran ahora dos huecos negros y profundos como boca de lobo.<br />
     Quedaba por completar el último acto, el tiro de gracia. Fernández, con sus dedos rezumando sangre, acercó el cañón a la frente del anciano y apretó el gatillo.<br />
     Pero la bala no salió. Volvió a darle al índice con el mismo resultado. Por un momento pensó que no quedaba munición, pero no, eso era imposible, todavía debían quedar balas en el interior de la empuñadura. Y vuelta a darle al mecanismo de disparo, también sin resultado.<br />
     Sus ojos pasaron del cañón del Astra al rostro que tenía enfrente. Y le pareció advertir un gesto de menosprecio hacia él en la sonrisa dibujada en los dientes de hiena que asomaban tras de los labios por los que ahora salía la sangre a chorro, y en la negrura de aquellos dos vacíos bajo la frente. Debía resolver aquel encasquillamiento de la bala para borrar lo que interpretaba como una última burla sardónica, una manifestación de superioridad, de invencibilidad. Algo que no podía admitir.<br />
     Trajinó la pestaña del seguro, movió el mecanismo del cerrojo, pero nada conseguía. Por fin, y tras intentarlo todo, giró el cañón hacia él. Algo que jamás se debe hacer con las armas de fuego.<br />
     Y fue entonces cuando el Astra se disparó, y al hacerlo la bala penetró por el maxilar del Óptico y salió por su nuca. Una herida mortal de necesidad.<br />
     Fernández tardó dos minutos en expirar, el tiempo que su cerebro precisó para iniciar la necrosis, paralizado el corazón al dejar de recibir los impulsos nerviosos para seguir latiendo. En esos ciento veinte segundos, mientras la sangre bombeada depositaba los últimos átomos de oxígeno en sus células, lo que le permitía mantenerse arrodillado, un único pensamiento lo dominaba ante la inminencia de la muerte. Ya no le preocupaba el viejo, ni siquiera si sobrevivía y demostraba con ello ser capaz de, aunque ciego, haberle vencido; era una carencia imposible de solventar, era la falta, ese día, de la necesaria absolución otorgada por el trinitario padre Damián cada vez que regresaba al penal, cumplida su misión de matarife. Ello significaba morir sin estar ungido de la gracia santificante de Dios, y que las acciones que había realizado esa mañana no disponían del perdón que solamente podía otorgar el sacramento de la confesión, cuanto dentro de escasos minutos compareciera ante el Altísimo para ser juzgado.<br />
     ¡Se condenaría, se condenaría sin remisión!<br />
     Desesperado, ese era el mensaje, la evidencia que martilleaba su cerebro. La postrera imagen que recibió, antes de que finalmente de su cuerpo desapareciera el último resto de conciencia y de vida, fue el petrificado rictus de triunfo del anciano, mientras uno de sus dos glóbulos oculares se desprendía y caía al suelo en medio del charco de sangre. Allí se mezclaban el vómito del viejo con sus propios fluidos brotando del agujero que la bala de nueve milímetros había abierto en su mejilla.<br />
     El rostro de ambos hombres a escasos centímetros el uno del otro, como si quisieran entrar juntos en la eternidad.                        </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/el-tiro-de-gracia/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1315</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Presentación de Catalonia Paradís en Madrid</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/presentacion-catalonia-paradis/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/presentacion-catalonia-paradis/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 03 Dec 2011 19:32:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Del Autor]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1726</guid>
		<description><![CDATA[El próximo día 15 de diciembre, a las 19,30 horas, os espero a todos en la champañería María Pandora, de la plaza Gabriel Miró nº 1 de Madrid.
Allí se presentará &#8220;Catalonia Paradís&#8221;.
Contaremos con Juan Carlos Ordóñez y con Ramón Langa, ¡un lujo asiático!
Os espero a todos. Hablaremos de literatura y remojaremos el gaznate con cava.
¡Hasta [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El próximo día 15 de diciembre, a las 19,30 horas, os espero a todos en la champañería María Pandora, de la plaza Gabriel Miró nº 1 de Madrid.</p>
<p>Allí se presentará &#8220;Catalonia Paradís&#8221;.</p>
<p>Contaremos con Juan Carlos Ordóñez y con Ramón Langa, ¡un lujo asiático!</p>
<p>Os espero a todos. Hablaremos de literatura y remojaremos el gaznate con cava.</p>
<p>¡Hasta el jueves! </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/presentacion-catalonia-paradis/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4902</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Presentación de &#8220;Catalonia Paradís&#8221;</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/presentacion-de-catalonia-paradis/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/presentacion-de-catalonia-paradis/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 15 Nov 2011 16:27:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Del Autor]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1722</guid>
		<description><![CDATA[Presentación de “Catalonia Paradís”
     El pasado viernes, once de noviembre, presenté en la librería Catalonia, de la Ronda de Sant Pere nº 3, mi última novela, “Catalonia Paradís”. Un día ciertamente especial, el día 11, del mes 11, del año 11. Solo hubiera faltado que el acto lo celebráramos a las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Presentación de “Catalonia Paradís”</p>
<p>     El pasado viernes, once de noviembre, presenté en la librería Catalonia, de la Ronda de Sant Pere nº 3, mi última novela, “Catalonia Paradís”. Un día ciertamente especial, el día 11, del mes 11, del año 11. Solo hubiera faltado que el acto lo celebráramos a las 11 de la noche. El librero, al ver el título, incluida la palabra “Catalonia”, y saber que era del género negro, pensó que algún asesino en serie andaba suelto por su establecimiento. Tuve de aclararle que no.</p>
<p>     “Catalonia Paradís” es una novela que se adentra en el mundo de las recalificaciones urbanísticas y de los entramados económicos y políticos que las hacen posibles. Alcaldes, Generalitat y paraísos fiscales recorren sus páginas a lo ancho y a lo largo de una forma desde luego políticamente incorrecta. Cuando vio la luz en el festival de Getafe negro, David Barba la calificó de “la novela definitiva sobre la especulación urbanística”. </p>
<p>     Al acto celebrado en la librería Catania aparte del público asistente, que por cierto agotó los ejemplares preparados al efecto –con el consiguiente regocijo del librero, del editor y del autor-, conté como teloneros de lujo con mi editor Jota, con Ramón Valls, y con ese monstruo mediático llamado José Cabrera, que nos obsequió con su verbo fácil y erudito al hablar sobre una negrura mucho más oscura que la de la literatura, aquella a la que él se enfrenta cada día en su labor de forense. </p>
<p>     La anécdota la aportó un pariente mío, Marc Vaccaro, descendiente de uno de los hermanos de mi tatarabuelo, huidos todos del pueblecito de Maierá en la Italia profunda, a principio del siglo XX. Buscar los ancestros de la familia, enlazar parentescos y rastrear huellas del pasado siempre es una tarea estimulante, a medio camino de la historia y la nostalgia. Y si la salida a escape del dulce país de la pasta y el Asti, lo fue por la persecución hacia los Vaccaro de un bandido llamado Malatesta, la querencia por bucear en el pasado se hace invencible.   </p>
<p>     En los corrillos que se hicieron se habló de lo jorobado que está el país, de la crisis y los políticos en un tono no precisamente elogioso. Y entre sorbo del vino rancio y las pastas dispuestos al efecto pasaron dos horas de tertulia y encuentros plácidos y distendidos.</p>
<p>     El acto fue grabado y espero disponer pronto del video para colgarlo en la red, como si fuera un atún gigantesco de aquellos que hace unos decenios quien era caudillo de España por la gracia de Dios pescaba a bordo de un barco que llevaba el nombre de un ave de rapiña: Azor.</p>
<p>     Hoy he visto en varios periódicos digitales la entrevista que José Oliva, de la agencia EFE, me hizo sobre la novela. La califica como de denuncia, pero yo creo que sería mejor situarla en el género estrictamente de historia contemporánea, una crónica de la Piel de Toro actual. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/presentacion-de-catalonia-paradis/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Getafe negro y Nevermore!</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/getafe-negro-y-nevermore/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/getafe-negro-y-nevermore/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2011 09:41:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Del Autor]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1707</guid>
		<description><![CDATA[Dentro del festival de novela policíaca de Madrid, Getafe negro, el día 22 de octubre, tuvo lugar una mesa  redonda sobre la corrupción actual. ¡Vaya tema, muy propio de unos juegos florales!
Tanto por parte de los tertulianos, José Manuel Otero Lastres, Teresa Solana y de quien suscribe, como del público asistente, hubo un fuego [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dentro del festival de novela policíaca de Madrid, Getafe negro, el día 22 de octubre, tuvo lugar una mesa  redonda sobre la corrupción actual. ¡Vaya tema, muy propio de unos juegos florales!</p>
<p>Tanto por parte de los tertulianos, José Manuel Otero Lastres, Teresa Solana y de quien suscribe, como del público asistente, hubo un fuego cerrado y cruzado contra el estamento político y judicial  del que no quedó, en ese pim, pam, pum, títere con cabeza.</p>
<p>Los temas estrella fueron la especulación urbanística, de la que trata mi última novela “Catalonia Paradís” publicada por Ediciones Neverland, y sobre el mundo de los jueces y las farmacéuticas, donde Otero Lastres ha situado la trama de  su reciente libro “Hampa legal”.</p>
<p>Desconozco si Lorenzo Silva y David Barba, los organizadores de Getafe negro, tuvieron la delicadeza de invitar a algún miembro de la casta política al coloquio, aunque lo cierto es que no asomó por allí la testa coronada y/o tonsurada de ninguno. Es posible que leyeran la frase con la que José Cabrera cierra el Prólogo de “Catalonia Paradís”: ahora bien, un consejo: Prohibir su lectura a los políticos, por peligro de muerte psíquica.</p>
<p>La imagen del cuervo, que es el santo y seña de Getafe negro, nos lleva a los que degustamos la literatura a uno de sus grandes maestros, Edgar Allan Poe y a su poema. Tratándose de la corrupción, qué mejor deseo que esa frase repetida por Poe en sus versos: ¡Nunca más! Un deseo contrario a la realidad del mundo que nos rodea, a creer que la naturaleza humana no es necesariamente corrupta, contrario a los titulares de los periódicos, a los paraísos fiscales, a coge el dinero y corre, al todo vale. Tal vez sí, tal vez sea posible. Si Todos gritamos ese ¡Nunca más! con que el poeta inglés rubrica una a una sus estrofas, y lo ponemos detrás de cada denuncia, si lo gritamos alto, si lo practicamos y lo defendemos, podremos hacerlo realidad.  </p>
<p>Getafe esos días está imbuido, inmerso, como enseña del municipio en un cuervo blanco perfilado sobre fondo negro. ¡Qué imagen tan bella! Como si en medio de la negritud y la miseria del país, el mundo de la literatura fuera –o estuviera destinado a ser- un faro que iluminara y pusiera el orden, la claridad y la luz intelectual y vital, y esa esperanza que siempre contiene la creación y el pensamiento. Un icono, ese cuervo blanco, atento y alerta, vestido con las plumas y el vuelo de la escritura y de la palabra, armado con el aguijón certero de un pico afilado, cerrado pero dispuesto a abrirse gritando incansable ese ¡Nunca más! Antítesis de la bandera de los piratas –tal vez de las castas antes mencionadas-, en donde la blancura corresponde a la podredumbre de una calavera con unas tibias cruzadas.</p>
<p>Getafe negro, fue sobre todo y ante todo, un foro de libertad y debate abierto, plural y sin censura de ningún tipo. De ello se encargaron, hay que decirlo, además de los organizadores y los autores, también el público que participó de forma activa y desinhibida tomando postura, marcando desde abajo eso que ahora se ha venido en llamar la hoja de ruta. Incluso, puedo dar fe de ello, cuando algunos tertulianos se salían del tema, la asistencia desde el patio de butacas levantaba la mano y decía, al igual que Ortega: No es eso, no es eso.</p>
<p>Y al acabar cada presentación o cada mesa redonda, -como dijo Cervantes en boca de Sancho Panza: el oficio de las letras no puede llevarse sin la administración de las tripas- el deleite de unas anchoas o un pincho de tortilla en una de las terrazas de la calle de Madrid, convertidos sus parasoles blancos en útero acogedor y peripatético de la palabra, tan solo interrumpida por el chasquido de los labios cuando la lengua agradecía el sabor fresco y alimenticio de un sorbo de cerveza. Y vuelta a dar y recibir el verbo.</p>
<p>Esa es la atmósfera – una mezcla de ¡nunca más!, sol otoñal y buena compañía- que yo rememoraba cuando, arrastrando las ruedas de la samsonite, en el bolsillo la dirección de correo de mis nuevos locos amigos que se dedican, como yo, a manchar con tinta la blancura del papel abocando personajes y hechos, enfilaba hacia la estación de Getafe Centro que me debía conducir a las puertas del Ave, de regreso a Barcelona.</p>
<p>Me hubiera gustado que ese Ave fuera el cuervo blanco dejado atrás para prolongar unas horas más el idilio, compartir opiniones y fantasías y perorar. Pero no fue así. Solamente las imágenes de una comedia americana reproducida como un clon en las mil pantallas del vagón y el sonido de los móviles de mis tangenciales compañeros de viaje me acunaron hasta la estación de Sants.    </p>
<p>Pero siempre me quedará Getafe.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/getafe-negro-y-nevermore/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>6454</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Getafe negro</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/getafe-negro/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/getafe-negro/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 07 Oct 2011 15:12:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Del Autor]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1696</guid>
		<description><![CDATA[El próximo día 22 de octubre estaré en Getafe negro, en la mesa redonda que tratará la corrupción. Tendré como compañeros de cartel a Otero Lastre y a Teresa Solana, con la batuta moderadora de David Barba.
Y precisamente de corrupción urbanística va mi novela &#8220;Catalonia Paradís&#8221; que ya está en imprenta y que coincidirá en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El próximo día 22 de octubre estaré en Getafe negro, en la mesa redonda que tratará la corrupción. Tendré como compañeros de cartel a Otero Lastre y a Teresa Solana, con la batuta moderadora de David Barba.</p>
<p>Y precisamente de corrupción urbanística va mi novela &#8220;Catalonia Paradís&#8221; que ya está en imprenta y que coincidirá en su salida al mercado con Getafe negro. </p>
<p>En &#8220;Catalonia Paradís&#8221; mi protagonista preferido, Juan Jover, se ve envuelto en la recalificación de 300 hectáreas de terreno en el Área Matropolitana de Barcelona. 20.000 viviendas con un potencial de 80.000 almas y varios centros comerciales es el botín y el resultado de un cambio de calificación urbanística, de sistema aeroportuario a zona residencial.</p>
<p>La novela arranca con el suicidio -o asesinato- del director de urbanismo de la Generalitat, siendo los escenarios del libro, desde las mansiones del barrio de la Bonanova, hasta el barrio Chino (la calle Robadors o el Bagdad), pasando por el Palau de la Generalitat. </p>
<p>Hasta llegar en las últimas páginas a una lucha de poder, un mano a mano semejante a una partida de ajedrez en la que el dinero, el cainismo y la corrupción tienen su asiento, y en donde las piezas del tablero son meros peones de usar y tirar por parte de los dos contendientes, el uno atento a la venganza y el otro a la ambición.</p>
<p>No falta en la novela la presencia de Puri, la dilecta secretaria de Jover, y Gabriel Cerón, su amigo del alma.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/getafe-negro/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>6989</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La Granja en la librería negraycriminal</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/la-granja-en-la-biblioteca-la-bobila-el-13-de-octubre/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/la-granja-en-la-biblioteca-la-bobila-el-13-de-octubre/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 03 Oct 2011 07:06:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Del Autor]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1674</guid>
		<description><![CDATA[La presentación de &#8220;La Granja&#8221; en la librería negraycriminal de Paco Camarasa la realicé mano a mano con mi amigo José Luis Muñoz al que presenté &#8220;Tu corazón Idohia&#8221;.
En esa librería tan especial y tan querida para los amantes del género negro pudimos hablar de todo, de los indignados, de la crisis&#8230; y por supuesto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La presentación de &#8220;La Granja&#8221; en la librería negraycriminal de Paco Camarasa la realicé mano a mano con mi amigo José Luis Muñoz al que presenté &#8220;Tu corazón Idohia&#8221;.</p>
<p>En esa librería tan especial y tan querida para los amantes del género negro pudimos hablar de todo, de los indignados, de la crisis&#8230; y por supuesto de libros y de nuestras novelas.</p>
<p>Por cierto, que la librería negray criminal y Paco Camarasa tienen un lugar en el trama de &#8220;La Granja&#8221;.</p>
<p>Fue un día especial, por el entorno, por José Luis Muñoz y por los presentes.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/la-granja-en-la-biblioteca-la-bobila-el-13-de-octubre/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>7425</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Cuento de El Moro</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/cuento-de-el-moro/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/cuento-de-el-moro/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 26 Aug 2011 15:17:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1671</guid>
		<description><![CDATA[El Moro
1
          Hacía una semana que Melchora estaba de regreso en el pueblo tras conducir por los andurriales de la sierra de Gredos, durante la primavera y el verano un rebaño de trescientas ovejas del Amo. Tarascando los pastos que los calores habían hecho brotar para, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El Moro</p>
<p>1</p>
<p>          Hacía una semana que Melchora estaba de regreso en el pueblo tras conducir por los andurriales de la sierra de Gredos, durante la primavera y el verano un rebaño de trescientas ovejas del Amo. Tarascando los pastos que los calores habían hecho brotar para, antes de llegar los primeros fríos devolverlo al techado de los cercados, al pienso y al forraje. Tras quince años acompañando primero a su padre, tío Jesús El Jorobeta y luego, muerto éste, siguiendo en el oficio de pastoreo ella sola, conocía aquellas montañas mejor que la palma de su mano. Sabía donde el saliente de una roca, los cortados de granito a sotavento o las grietas y cuevas le ofertaban refugio durante la noche protegiéndola del relente, la lluvia y el rocío de la madrugada. A lo lejos, a unas decenas de kilómetros en línea recta pero con jornadas de distancia para recorrerlos a pie, podía distinguir desde los picachos que eran su casa en esos seis meses, allá abajo la planicie del Tietar, como una alfombra verde y amarilla durante el día, y por las noches la titilante y dispersa iluminación de los pueblos de La Vera, una comarca llamada así por estar en la falda –a la vera- de la sierra de Gredos. Esas luces, en la mitad de los años cuarenta del pasado siglo donde se sitúa esta historia, solo eran visibles en noches sin luna y siempre que las restricciones eléctricas no extendieran un manto de absoluta oscuridad sobre todo el valle. Uno de aquellos pueblos era el suyo, Viandar. Podía distinguir el campanario de la iglesia levantarse orgulloso como una aguja buscando el cielo.<br />
          En las cortas noches de verano, –apenas siete horas de oscuridad- mantenía los ojos cerrados en un duerme-vela atento a cualquier señal de alarma distinta del sonido del viento, los grillos o los búhos, para ponerse en pie al instante. En ese tiempo, aparte de las trescientas cabezas de ganado puestas a su cuidado, tres perros ocupados en mantener al rebaño unido y dar la voz de aviso si aparecía un zorro o un lobo con hambre, eran su única compañía animada. Formaba parte de su trabajo durante esos meses sobrevivir sin otra comida que no fuera la acarreada en las dos alforjas colgadas del cuello cuando abandonó Viandar: diez piezas de pan duro para cocinar migas, el chorizo y la cecina que debía racionar. Un menú intercalado con las ancas de rana de las charcas, los tordos que caían en las costillas que tendía, los frutos silvestres, la miel de los panales o las verduras que crecían en las gargantas. Y si alguna oveja se despeñaba aprovechaba el festín de su carne. De la bebida no tenía que preocuparse, el deshielo le suministraba un agua pura y transparente que era nieve unas horas antes.<br />
          De regreso después de ese semestre de soledad le costaba unos días recuperar, si no el habla, si muchos nombres de cosas que tenía medio olvidadas tras solo ver ortigas, verdulagas, zarzas y abrojos. Los perros pastores que la acompañaban, Gavilán, Castor y Moro, no le daban ningún tipo de conversación. Era ella, con los chasquidos de su lengua o el silbido que salía de sus labios quien les transmitía sus órdenes, al igual que interpretaba sus ladridos. En esa cadena de mando las ovejas eran al final quienes recibían, cuando no sus varazos, los achuchones de los canes para agruparse, detenerse o avanzar.<br />
          Melchora echó la balda que cerraba su habitación, bajó el tramo de las empinadas escaleras y alcanzó la calle Mayor. Iba a llevar a cabo la primera de las acciones del plan rumiado durante los pasados días, prácticamente desde su regreso. Mientras en su camino buscaba la sombra de las casas y dejaba atrás el murmullo de los cuatro caños de la fuente de la plaza, pensaba que el siguiente verano no lo pasaría en soledad en el monte. Otra persona distinta de ella sería la que deambularía por los barrancos y las crestas apoyada en su garrota, conduciría y velaría por las ovejas del Amo, ayudaría a parir a las veinte o treinta que estarían preñadas, -aprovechando la placenta como una variante en su dieta- se lavaría como los gatos en las gélidas aguas de los torrentes y por fin, a la vuelta, atisbaría las casas del pueblo como un viejo amigo que saliera a recibirle. Lo siguiente que haría ese sustituto sería presentarse ante Federico El Largo, el mayoral del Amo, para que revisara y contara el rebaño, darle novedades de las ovejas perdidas y los corderos y moruecos incorporados a la cabaña y recibir su jornal, doscientas diez pesetas por medio año de trabajo a plena dedicación. Eso sería si todo lo encontraba El Largo a su gusto.</p>
<p>2</p>
<p>          Dentro de la iglesia don Marino leía el breviario bajo la menguada bombilla de quince vatios, sentado en el banco de madera del confesionario. Cada tarde se acomodaba allí y luego de la siesta, de seis a ocho recibía en sacramento a todo aquel que lo necesitara, aprovechando el cura los ratos vacíos de penitentes para realizar la liturgia de las horas tal como le obligaba a hacerlo el derecho canónico. Esa posición le permitía, al tiempo que leía los latinajos del misal, controlar a todo el que accedía al templo, ya fuera para arrodillarse frente al Cristo de la entrada, encender una vela a la Virgen o dejar una limosna en los cepillos de San Roque o San Sebastián.<br />
          Melchora traspasó el portalón, se santiguó mojándose los dedos en el agua bendita y con paso rápido se dirigió al confesionario. Se acomodó en uno de los dos laterales destinados a las de su sexo y musitó en la oreja de don Marino:<br />
          -Ave María Purísima.<br />
          El cura cerró el breviario, apagó la luz interior y respondió:<br />
          -Sin pecado concebida.<br />
          Cabizbajo, se dispuso a escuchar los pecados de la mujer. Habiéndola reconocido y sabiendo que pasó seis meses entre ovejas y alejada de la civilización, no creía que el catálogo ni la gravedad de sus infracciones a los Mandamientos de la Ley de Dios y los Preceptos de la Iglesia fuera muy elevada, justo lo contrario a lo que ella creía. Melchora miraba al enrejado de madera que la separaba del clérigo y se disponía a abocar aquello que para poder limpiar su alma de culpa necesitaba confesar y le fuera perdonado.<br />
          -Padre, he cometido actos impuros. –Aquella forma de empezar la confesión no aportaba novedad alguna para el franciscano, si acaso evidenciaba la urgencia que tenía la penitente por lavar su conciencia.<br />
          -Dios es misericordioso, hija mía. Él te escucha a través mío y te concederá el perdón. –Y guardó silencio para que la mujer precisara en que consistían esos actos impuros.<br />
          Fueron tres minutos de tartamudeo por parte de Melchora cabalgando cada palabra sobre la anterior, queriendo decirlo todo a la vez, atropelladamente. El vocabulario que llenaba sus frases era corto pero explícito: “encularse, joder, coño, leche”. Pero más que los substantivos, los adjetivos o los verbos, era la acción que describían lo que tenía sobrecogido a Don Marino que no daba crédito a lo que oía. No encontraba ocasión ni intervalo de silencio para intervenir o pedir aclaración ante aquello que salía por la boca situada al otro lado de la celosía. Solamente cuando Melchora calló y transcurrió el tiempo necesario para que el cura fuera capaz de interiorizar lo escuchado pudo espetar:<br />
          -¿Cómo has sido capaz de hacer eso? ¿Te das cuentas de hasta qué extremo has ofendido a Dios y a su obra de la Creación? –El tono de voz de don Marino era alto, nada que ver con su habitual y calmado siseo confesional, mientras la ira que le embargaba hacía aflorar una espesa baba blanca en la comisura de sus labios.<br />
          -Lo sé padre, por eso estoy aquí, para que me perdone. –Pero Melchora no había acabado. Sacó fuerzas de flaquezas para terminar de decir aquello por lo que estaba allí y elevando su voz cortó la recriminación que el sacerdote ya había iniciado:<br />
          -¡Pero eso no es todo don Marino!<br />
          -¡Cómo que no es todo! ¿Qué más hay?, ¿qué puede haber más de esas barbaridades que me has dicho? –La pregunta se la dirigía a sí mismo.<br />
          -Estoy embarazada. Eso es lo peor don Marino –su voz pareció quebrarse.<br />
          -¡Pero qué dices!, ¡es imposible, imposible! –de no ser un ministro de Dios hubiera soltado una maldición, es más, hubiera abofeteado a aquella mujer que para él era la personificación de Lucifer.<br />
          -¡Es verdad! Tóqueme padre –Melchora pasó su mano derecha por delante del reclinatorio del confesionario, tomó la del cura y metiéndola bajo la saya la colocó directamente sobre su barriga:<br />
          -Está creciendo. Mi tripa se hincha cada día que pasa. ¡Estoy embarazada!<br />
          -¡Dios mío!, ¿pero cómo puede ser? –Apartó su mano de aquella superficie que advirtió oblonga y tensa cual un odre de vino. Lo hizo con violencia, como si fuera una víbora que pudiera morderle.<br />
          Las cinco beatas que habían acudido unos minutos antes para ensayar los cánticos del coro apreciaron que contrariamente a lo usual, del confesionario salían gritos. Los de La Jorobeta, a la que vieron entrar en el templo, y de don Marino.<br />
          -¿Y qué piensas hacer? –apenas fue capaz de articular el clérigo.<br />
          Melchora sabía que eso no se lo podía explicar, ni a él ni a nadie. No lo consentirían y utilizarían cualquier medio para evitarlo. Por eso se limitó a implorar la misericordia del Altísimo:<br />
          -Que Dios se apiade de mí.<br />
          Al oír el ruego, y por primera vez en su vida de sacerdote tuvo dudas. ¿Hasta ese extremo alcanzaba la bondad divina para perdonar pecados como el que La Jorobeta había cometido?<br />
          -El perdón, quiero el perdón de Jesús. ¡Concédamelo padre! -insistía Melchora, que volvió a tomar su mano en un intento para que hiciera con su palma la señal de la cruz y la absolviera.<br />
          El cura reaccionó ante la reiterada petición y aquel apremio con un reflejo condicionado, sin saber demasiado lo que hacía, como un resorte que tras de haberlo tensado, al soltarlo se contrae obligado por las leyes de la Física porque no puede hacer otra cosa. Se echó ligeramente hacia atrás y con un gesto, que sobre todo pretendía hacer desaparecer al Satanás que tenía arrodillado en el confesionario, la bendijo con la fórmula repetida por él miles de veces:<br />
          -Ego te absolvo a peccatis tuis. In nomine Patris, et Filii et Espíritus Sancti. Amén.<br />
          Aquellas palabras y la bendición que impartió eran, más que para purificar el ánima de la penitente, un acto de protección hacia sí mismo.<br />
          Melchora, escuchado que hubo aquello, cumplido y logrado el motivo de su presencia en el templo besó la estola del clérigo, se levantó y salió de la iglesia. Él se alzó y la llamó para impedir su huída, pero sin que sus voces dieran resultado. Una de las beatas del coro se le acercó:<br />
          -¿Ocurre algo don Marino?<br />
          Sin dejar de mirar la espalda que se alejaba:<br />
          -No hija mía, no.<br />
          -Ya estamos todas, ¿empezamos el ensayo?<br />
          -Sí, ahora, ahora vuelvo. La Salve Regina, empezad por la Salve Regina. –Y salió de la iglesia.<br />
          Mientras recorría la calle Mayor los viandareños que se cruzaban con él se extrañaban de verlo con su sotana arremangada para no tropezar, mientras iba a la carrera cuesta arriba con el rostro demudado. El párroco se dio cuenta que todavía colgaba de su cuello la estola de confesor, la plegó y se la guardó en el bolsillo del pantalón cuyas perneras asomaban bajo el vuelo del hábito. </p>
<p>3</p>
<p>          El párroco irrumpió en la consulta de don Daniel el médico, cuando éste auscultaba la espalda de la tía Engracia, La Peluda. La mujer pegó un grito y se cubrió con el viso dejando al médico con el estetoscopio en la mano. No pudo por menos que decir al invasor:<br />
          -¡Hombre, don Marino!, ¿es que no sabe usted llamar a la puerta?<br />
          -¡Es una emergencia! Engracia discúlpanos, pero debo tratar con don Daniel un asunto urgente.<br />
          La mujer que ya se había bajado el viso hasta los tobillos, cerrado la presilla de los sostenes, colocado los zapatos y enfundado la bata se atusó el pelo y desapareció al momento acompañada de su vecina la tía Emerenciana La Pestiño, que siempre le hacía de escudero cuando iba a visitar a don Daniel. Don Marino cerró la puerta y tomó asiento en el taburete reservado a los pacientes que acudían a la consulta, y boqueando y apaciguando el resuello contó al médico la confesión de Melchora. No le importó violar el secreto del sacramento, la gravedad del tema lo exigía, y quien tenía enfrente era la única persona en kilómetros a la redonda que podía poner algo de luz en lo escuchado.<br />
          Don Daniel, el estetoscopio colgando, y asomando por su bolsillo la funda de un termómetro y una cuchara que utilizaba para aplastar la lengua y observar las amígdalas de su clientela, se hizo repetir lo que el clérigo le había dicho y le planteó varias preguntas, que siempre acababan con la reiteración por parte del franciscano de la confesión de Melchora.<br />
          El médico decidió dejar a un lado el estado de agitación del cura y prescindir de los aspectos religiosos, –noveno mandamiento, infierno, el dolor de contrición-que a él no le preocupaban en absoluto, habría tiempo de debatir sobre ellos, y centrarse en los de su competencia. Y su diagnóstico fue inmediato:<br />
          -¡Es imposible que Melchora esté embarazada! Al menos no por lo que usted me cuenta. ¡Completamente imposible!<br />
          Don Marino, que creía a pies juntillas en los milagros, pensaba que cualquier cosa estaba al alcance del Altísimo y por extensión  también al del Maligno por mucho que la ciencia lo negara, cabeceó:<br />
          -Le he tocado la tripa, la tiene abultada. Como si estuviera de seis o siete meses. El ombligo salido. ¡Está embarrigada!<br />
          -No, no lo está –el médico-. Si no hay nada más que lo que usted me ha explicado, es absolutamente imposible que esté preñada.<br />
          Don Marino afinó la mirada. “Si no hay nada más”. ¿Qué quería decir con eso? Don Daniel añadió:<br />
          -Debe tratarse de un falso embarazo.<br />
          -¿Un falso embarazo? –el cura si algo sabía era que no había nada de falso en la turgencia de la panza que palpó.<br />
          -Al escucharlo en la facultad por vez primera pensé que no podía ser, que se trataba de una broma del catedrático, pero después supe que sí, es un fenómeno que ocurre. Se crea una apariencia de embarrigamiento que tiene toda la forma de un embarazo. La tripa, incluso la dureza de los pechos, la progresión en el volumen, náuseas&#8230; Los signos externos son idénticos.<br />
          Don Marino necesitó unos minutos para captar el alcance de lo que escuchaba<br />
          -¿Es verdad?, ¿eso sucede? –Preguntó, todavía incrédulo.<br />
          -Sí, es muy raro, pero pasa. Y supongo que con Melchora tenemos uno de esos casos.<br />
          -Casi no puedo creerlo –cabeceó el cura.<br />
          -Pues es cierto.<br />
          Don Daniel se acercó a un estante con libros y tras escoger uno en el que se leía Vademecum en su lomo y buscar en su índice, leyó:<br />
          -Los médicos lo llamamos Pseudociesis.<br />
          -Pero&#8230;<br />
          -Su causa es sicológica.<br />
          -¿Y&#8230;?<br />
          -Puede ser el deseo de ser madre, o un trauma –leyó-: Aquí dice que Freud tuvo una paciente que lo padeció. Y que también sufrió un falso embarazo ni más ni menos que María Tudor.<br />
          -¿Qué debemos hacer?<br />
          -Ir a verla y contarle la realidad –miró de soslayo al clérigo-: una cosa es la religión y otra la ciencia, don Marino. Ante todo se trata de tranquilizarla. La explicación que ella le ha dado es un puro disparate, debemos sacársela de la cabeza cuanto antes.<br />
          El cura asintió, aunque creía que tras la visita don Daniel se convencería que en su caso, de falso embarazo ni hablar. Melchora estaba preñada, ¡vaya que si lo estaba!</p>
<p>4  </p>
<p>          Melchora, satisfecha con haber obtenido el perdón, a eso había venido precisamente, se levantó del reclinatorio del confesionario, recompuso la mantilla que cubría su cabeza y a paso rápido se encaminó hacia la puerta de la iglesia, mojó sus dedos en la pila bautismal, se santiguó igual que al entrar y abandonó el templo. A su espalda oyó como don Marino la llamaba, pero no tenía interés alguno en volver sobre sus pasos. La primera parte de su plan para ponerse en paz con Dios estaba cumplido. Había obtenido la absolución. Ahora sabía que si moría iría al cielo, con Jesús, la Virgen y los Santos. Eso hizo que aflorara una sonrisa de satisfacción y de paz en sus labios. Tampoco le importó que alguna de las comadres del pueblo con las que se cruzó dirigiera una mirada de curiosidad a su barriga que empezaba a sobresalir notablemente de su cintura.<br />
          Un monstruo. Ella no daría a luz a ningún monstruo como el que se estaba formando en su vientre. En sus pesadillas nocturnas lo imaginaba de pelo hirsuto, con nariz, ojos y boca de lobo, garras de uñas afiladas, sus caninos hurgando en sus senos cuando lo amamantara, la leche saliendo de sus pezones y goteando por los labios de aquella criatura infernal, unos labios finos como el filo de un cuchillo. Haría cualquier cosa para que ese horror no tuviera lugar.<br />
          ¿Cuándo tuvo constancia de aquello que estaba creciendo dentro? Fue a las dos semanas del último de los cuatro enculamientos que tuvo con el Moro. El animal, cada vez con mayor frecuencia, y en lugar de vigilar el rebaño, venía tras ella olfateándole la falda y las piernas.<br />
          Ese día, mientras el perro la festejaba lanzando gemidos y hurgando con su nariz bajo sus sayas, Melchora estaba atenta a las maniobras de ayuntamiento que realizaba uno de los carneros con una oveja. El pensamiento que le pasó por la cabeza, viendo como el macho montaba sobre los cuartos traseros de la hembra fue cual sería el resultado de ese apareamiento: dentro de cinco meses nacería una cría. Justo entonces el Moro colocó su hocico dentro de la palma de su mano y la hurgó, dejándola húmeda de moco y baba. Melchora, con esa misma mano, y sin saber demasiado porqué se palpó su tripa y la notó turgente. Un sudor frío la invadió.<br />
          En la escuela del pueblo, por boca de don Antonio el maestro había oído historias de centauros, mezcla de hombre y caballo, de arpías, mujeres aladas, de sirenas, un cruce de pez y mujer. Y ella iba a dar a luz uno de aquellos engendros. El tiempo que tardó el Moro en desengancharse las veces que se ayuntaron, tres o cuatro minutos, le decía que sin duda el animal había vaciado toda la leche en su interior. ¿Porqué no lo había pensado antes?, ¿cómo había permitido que ocurriera? Aquel perrazo, el Moro, siempre con la lengua lamiendo sus corvas, el hocico recorriendo su entrepierna, su miembro enhiesto, salido, rojo y brillante, los cuartos delanteros clavados en su cintura, ella haciéndole caricias. Juegos, cercanía, manoseos, ¡Dios Bendito!<br />
          Todo lo iba rememorando, el jadeante hocico sobre su nuca, en su espalda los embates del animal buscando y rebuscando hasta encontrar, ella empopada, notando la penetración. Y luego, tras las palpitaciones, y mientras esperaba el tiempo para quedar liberada, la mirada del perro amansada, su lengua húmeda asomando entre los caninos.<br />
          -¿Eres tú, hija? –su madre desde el granero.<br />
          -Sí. –Nunca habían mantenido una relación estrecha, al contrario que con su padre, quien le enseñó el oficio de pastor. Cruzó el zaguán y llegó hasta su habitación donde se encerró. No tenía nada que decirle a su madre y posiblemente ella tampoco tuviera ganas de oír la menor palabra, con haberle dado en su momento la mitad del salario por los seis meses de pastoreo ambas habían agotado cualquier tema de conversación durante semanas.<br />
          Acostumbrada al frío de las cumbres, a Melchora no le significó ninguna tiritona sacarse primero la saya y la combinación para luego continuar con los calcetines, sostenes y bragas y quedarse completamente desnuda, como vino al mundo. Solamente la medalla de la Virgen del Carmen en la regatera de sus pechos. Cuidadosamente colocó la ropa encima de la silla y se estiró en el lecho. El techo segmentado por los rollizos de madera y el encalado del entrevigado con alguna telaraña retuvieron su atención, un panorama conocido y amable desde la infancia, el primero que contemplaron sus ojos sería también el último que vería antes de morir. Acto seguido dirigió la mirada a los abigarrados colores de la estampa del Corazón de Jesús que estaba claveteada en el muro de adobe del cabezal. La mirada doliente del Hijo de Dios, consecuencia de la corona de espinas que ceñía su cabeza y de la sangre que goteaba por su frente y mejillas era un recordatorio de su pecado y un testigo de lo que estaba a punto de hacer, aquello que junto a la absolución conseguida limpiaría su cuerpo y su alma y le permitiría entrar en el paraíso celestial.<br />
          Se palpó el abultado vientre hinchado como el bolsón de una gaita, trazando caminos sobre el jaspeado azul de las venas que destacaba sobre el albino de la piel, surcando su superficie como raíces que buscaran aire y libertad lejos de la tierra que las encadenaba. La aspereza de las yemas de sus dedos contrastaba con la lisura de aquella epidermis sin otro accidente que un ombligo saliente como una verruga. Llegó hasta su pubis, allí donde el Moro había dejado la simiente que estaba germinando. Si fuera posible metería su mano en su coño hasta agarrar la cabeza de aquella bestia que crecía alimentada por su sangre y su carne, le hundiría las uñas y la arrancaría de cuajo. Pero era tal su pánico hacia la criatura infernal encastada en su interior que tenía miedo a su mordedura, a que le clavara sus dientes e hiciera con su mano lo mismo que segundo a segundo hacía con los fluidos que le llegaban desde sus intestinos y su corazón, devorarla  para aumentar en volumen y hacerse más fuerte, cada vez más invencible. Debía acabar con el engendro de la manera como se disponía a hacerlo y ante la que, estaba segura, el monstruo sería incapaz de defenderse.<br />
          Alargó la mano y buscó a tientas hasta que encontró y cogió la aguja de calceta que estaba sobre el cajón de madera de pino que hacía de mesilla de noche. Con su índice tanteó la punta, afilada y brillante. Rezó un padrenuestro con lentitud, empapándose del sentido de las siete jaculatorias que lo componían. Fue un momento de felicidad, convencida de que el animal, agazapado en sus entrañas, oiría el “líbranos Señor de todo mal, amén” con que ella remató la oración, y sabría que su fin estaba próximo. Escuchó pasos en la escalera por la que se accedía al altillo y que llevaba a su habitación, tal vez sería su madre, pero no se intranquilizó porque al comprobar que tenía la puerta cerrada pensaría que estaba descansando y no la molestaría.<br />
          Tomó la aguja resiguiendo su vientre, como si buscara una señal de menor resistencia por dónde hincarla, o quizá la zona más sensible y vulnerable de la bestia. Por fin con las dos manos y con fuerza la clavó, entrando el hierro en su cuerpo sin prácticamente resistencia. Sintió su penetración como un carámbano de hielo. Al momento un chorro de sangre brotó y se extendió por el edredón y el colchón de lana hasta el suelo. Extrajo la aguja, quince centímetros teñidos de rojo, y  de nuevo otra incisión a escasa distancia de la primera.<br />
          Melchora bajó su mirada para ver los dos caños de líquido manando. Y antes de repetir una tercera punción algo llamó su atención. Aquel volumen de su tripa, hasta hacía unos instantes a punto de explotar estaba desinflándose. Era como si en lugar de albergar lo que tanto temía, la alimaña, no fuera más que aire.</p>
<p>5              </p>
<p>          Cura y médico llegaron a la casa de Melchora unos minutos más tarde. Los recibió la madre de La Jorobeta.<br />
          -¿Dónde está tu hija?<br />
          -En su habitación.<br />
          -¡Vamos, deprisa!, ¡llévamos hasta allí!<br />
          La puerta estaba cerrada, golpearon insistentemente pero nadie respondió. Don Daniel tomó carrera y con el hombro hizo saltar la balda. Sus zapatos, al pisar el pavimento de la alcoba se llenaron de la sangre que ya formaba un enorme charco a los pies de la cama. Melchora postrada inmóvil y con la aguja de hacer calceta ensartada en su vientre del cual partían tres riachuelos de sangre coagulada.<br />
          El médico se acercó y tomando su mano le buscó el pulso. Necesitó poco tiempo para saber que aunque todavía caliente, lo que tenía ante sí era un cadáver.<br />
           -Se ha suicidado –dijo el médico indicando con su barbilla la tripa y el resalte de la aguja.<br />
           Don Marino, aún sin disponer de los santos óleos hizo una cruz en los ojos, orejas y extremidades de Melchora, rogando a Dios que no tuviera en cuenta sus pecados cuando compareciera ante él. El médico a su lado no prestó atención a los ensalmos, observaba la boca abierta del cadáver, sus ojos fijos en el techo y sus manos cruzadas sobre el pecho en actitud orante. El cura completó el conjuro haciendo una última cruz exculpatoria sobre su frente para que el Altísimo le perdonara los pecados cometidos de pensamiento.<br />
          Más tarde dejaban en la habitación de la difunta a su madre llorosa sentada en la silla, en cuyo respaldo seguía la vestimenta de su hija, mientras dos vecinas arrodilladas estaban baldeando el suelo para limpiarlo de sangre. Una sábana apedazada cubría el bulto inmóvil, que pronto estaría amortajado y recubierto con el vestido que Melchora llevó en la fiesta de San José, apenas unos días antes de partir a la sierra con las trescientas ovejas del Amo.<br />
          -Es preferible que nada de lo que sabemos llegue a oídos de la gente –dijo el médico mientras bajaban la escalera en dirección a la calle.<br />
          -Sí, simplemente diremos que ha tenido un accidente y se ha clavado una aguja de hacer media. Aunque la gente pensará, a la vista de los tres pinchazos, que se ha suicidado. –Repuso el cura.<br />
          -¡Que piensen lo que quieran! Eso es lo de menos. Los que hayan visto el cadáver habrán comprobado que el vientre está liso, con lo cual lo del embarazo decae por su propio peso. Habrá murmuraciones, pero nada más.<br />
          Llegaron al portal de la casa y se intercambiaron una última mirada para transmitir que estaban de acuerdo con la versión que iban a dar, lo que dirían y lo que iban a callar. Y salieron al exterior.<br />
          En la calle, junto a la entrada de la vivienda, vieron a un enorme perro pastor que apoyado sobre los cuartos traseros y con la cabeza levantada, aullaba  lastimeramente. Era el Moro.</p>
<p>       José Vaccaro Ruiz<br />
       jvaccaror@gmail.com</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/cuento-de-el-moro/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>5557</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Las 3 M (de maestros) de la novela negra española</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/las-3-m-de-mestros-de-la-novela-negra-espanola/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/las-3-m-de-mestros-de-la-novela-negra-espanola/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 19:59:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Reseñas de otros autores]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1666</guid>
		<description><![CDATA[     Que el género de la novela negra en España está en auge es un hecho. Mankell, Murakami, Connelly, Baldacci y toda una pléyade de escritores allende de nuestras fronteras invaden las librerías. Pero por encima de importación,  modas o temporalidades, hay tres autores que, desde siempre, han marcado el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>     Que el género de la novela negra en España está en auge es un hecho. Mankell, Murakami, Connelly, Baldacci y toda una pléyade de escritores allende de nuestras fronteras invaden las librerías. Pero por encima de importación,  modas o temporalidades, hay tres autores que, desde siempre, han marcado el compás de esa literatura en nuestro país. Sus tramas, escenarios y personajes nos son próximos. Significan cercanía, y sus historias nos hacen revivir un ayer o un hoy cargados de vivencias propias. </p>
<p>     Se trata de José Luis Muñoz, Andreu Martín y Juan Madrid. Las tres M (M de maestros) hoy ya veteranos, pero tremendamente frescos y rompedores en lo que escriben. Representan el vitalismo de la novela negra del sur, opuesta a la matemática de la anglosajona o la nórdica. Lo que allí es intriga policial, aquí es contingencia existencial. Donde hay linealidad, cálculo, pistas y rastreos, aquí hay azar, ruptura y quiebros en la trama. El perfil maniqueo que separa los buenos de los malos en ellos se hace borroso cuando no transversal, y asi sus personajes contiene una riqueza de matices que impide su etiquetaje.</p>
<p>     Para hacer un simil con la pintura, y por citar a un autor, las novelas de Mankell son como un paisaje decimonónico en donde todo está encajado, desde la perspectiva a los colores, la composición y los personajes. Ese clasicismo es un valor difícil de alcanzar y que requiere oficio e imaginación, no se trata en absoluto de hacer una valoración peyorativa. Pero en ese canon de creación el devenir de la historia y sus protagonistas se configuran como un camino pretrazado en base a un módulo de referencia “deja vu”.</p>
<p>     Por el contrario, en la novela negra española de los tres autores reseñados, el símil sería un cuadro cubista, tal vez de Picasso, Braque o Gris: perspectiva rota, multiplanos de visión, collage y hasta, ¿porqué no decirlo? fealdad. Cada rincón de la obra tiene importancia y personalidad por sí mismo. No es una estructura unitaria, sino una suma de elementos asistemáticos, con frecuencia opuestos y contradictorios.</p>
<p>     Esa diferencia entre las dos formas de entender la novela negra tiene una manifestación importante en su diálogo con el lector. Nadie dudará que en Jesús en los Infiernos de Martín, Marea de Sangre de Muñoz o Malos tiempos de Madrid la relación escritor-lector es más potente por cuanto existe una mayor y más libre interpretación del texto que en el caso, –por citar uno extremo- de Agatha Christie. Esa es la ventaja de manejar a la vida en su plenitud en lugar de tomarla como si pudiera encerrarse en una ecuación matemática. Cuando lo que interesa es despejar la incógnita y hallar la solución el camino es un devenir teleológico que conduce a un final ensimismado, único y cerrado. Con frecuencia se plantea un crimen en el primer capítulo y en el último se apresa al asesino. Y no es eso, no eso, o no es solamente eso.</p>
<p>     En nuestros tres M, es la vida, lo aleatorio aquello que cuenta. Camilo José Cela decía que hay escritores de plano y escritores de brújula. Yo añadiría una tercera categoría: escritores del azar, en donde la trama se desdibuja en beneficio de eso llamado deconstrucción, porque en ella juegan un papel relevante la piel y la tripa de los personajes que se mueven en una acción asintotica  No existen, utilizando a Kant esquemas aprioristicos en las novelas de Muñoz, Madrid o Martín,  –o no existen aparentemente- y sí un vitalismo que renueva desde dentro la ficcion con impulso propio.  </p>
<p>     He citado a Aghata Chistie. El elemento clave para desentañar los misterios que la autora inglesa plantea a Hercules Poirot son las famosas células grises, arquetipo de lo cerebral y racional. Con frecuencia el motor de la trama de sus novelas es la ambición. Por el contrario, en Madrid, Muñoz o Martín, son otros pecados capitales los que aparecen en sus páginas (lujuria, gula, ira, pereza, soberbia) y es la parte del cuerpo situada por debajo y a partir del cuello la que entra en acto: las gónadas, los intestinos, el corazón. </p>
<p>     Desde el análisis de lo que la literatura puede tener de reflejo de la realidad, José Luis Sampedro, decía en la edición del Getafe Negro del pasado año que la novela negra es propia de los tiempos de crisis en que vivimos. La sociedad busca conocer los entresijos y la trastienda de los intereses, las corruptelas, el poder y la maldad que subyacen y alimentan los casos Pretoria, Gürtel, Faisán o Palau de la Música. Y no hay otra literatura capaz de ahondar en las alcantarillas y los pozos de reptiles por donde campan a sus anchas esos mal llamados “casos”, (como si formaran parte de una declinación latina) más cercano a la realidad que este género. Es en la novela negra donde mejor cabida tiene aquello que no por ser lo peor deja de ser lo más íntimo y propio del genero humano.</p>
<p>     En tiempo de crisis nacen los monstruos. Si vamos a la depresión del 1929 en USA y buscamos en las pantallas de sus cines nos encontraremos con King Kong, Frankenstein o Drácula, cuando no con La Parada de los Monstruos de Browning. Tal vez ello responda a la necesidad que tenemos los humanos de saber que siempre hay algo más oscuro, malvado y tenebroso que la realidad que nos toca vivir.  </p>
<p>     Vuelvo a nuestros tres M como una lectura que recomiendo para este verano. Las páginas de Prótesis, La Frontera Sur o Adiós Princesa ofrecen un contrapunto equilibrante al sol, la paella o la sangría preparándonos, Dios nos coja confesados y en gracia en esta España para la llegada de septiembre. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/las-3-m-de-mestros-de-la-novela-negra-espanola/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>8373</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>ENTREVISTA RADIOFÓNICA HORA AMÉRICA</title>
		<link>http://josevaccaro.conoceralautor.com/entrevista-radiofonica-hora-america-3/</link>
		<comments>http://josevaccaro.conoceralautor.com/entrevista-radiofonica-hora-america-3/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 18 Jul 2011 09:49:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>josevaccaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Del Autor]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://josevaccaro.conoceralautor.com/?p=1638</guid>
		<description><![CDATA[Ver RESEÑAS &#8211; Entrevista Radiofónica en Hora América-
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ver RESEÑAS &#8211; Entrevista Radiofónica en Hora América-</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://josevaccaro.conoceralautor.com/entrevista-radiofonica-hora-america-3/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>7365</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

